A muchas de nosotras nos enseñaron que Purina Zapico fue “la mujer que trajo el balonmano a España”.
La realidad es más interesante y, sobre todo, más útil para entender de dónde venimos como balonmaneras: cuando Purina empezó a lanzar y recibir en serio, el balonmano ya existía en Madrid. Lo que ella hizo fue otra cosa igual de valiosa: darle cuerpo, acento asturiano y continuidad competitiva en Pola de Laviana, en condiciones que hoy cuesta imaginar.
Cómo empezó la cosa
En los años treinta, el balonmano que se jugaba en España se parecía poco al que entrenamos ahora. Era balonmano de campo, once jugadoras, terreno de fútbol, balón más voluminoso y un área de diez metros. Las estructuras eran más cercanas al fútbol WM que a nuestras 6:0 o 5:1 modernas: líneas muy marcadas, juego directo y muchas decisiones de carrera larga más que de giro corto. El deporte se había abierto paso en el entorno universitario de la II República, donde se impulsó el deporte femenino como parte de un proyecto de modernización. Entre 1932 y 1935, la Federación Universitaria Escolar organizó exhibiciones y torneos en Madrid: institutos como el Velázquez, donde estudiaba nuestra Purina, el Liceo Francés o el Lope de Vega ya alineaban equipos femeninos reglados.
Es decir: cuando Purina aparece en las crónicas, el juego ya tiene reglamento y árbitros. Ella es una de esas estudiantes que se enganchan al “hand-ball” como parte de una nueva cultura física femenina: entrenamientos en patios escolares, normas firmes contra el contacto duro, pero un nivel de exigencia física que desmontaba cualquier estereotipo de fragilidad.
Mitos biográficos y datos contrastados
Con el tiempo, alrededor de Purina se fue levantando un relato casi novelesco. Se ha repetido que creció en Berlín, que allí conoció a Max Heiser, Karl Schelenz o Karl Diem, que colaboró en la organización de los primeros Mundiales y que tradujo el reglamento alemán para entregarlo a las autoridades deportivas españolas, impulsando así el primer campeonato nacional.
La documentación que han ido aportando historiadores como Concepción Carbajosa Menéndez en el libro «Participación deportiva de las mujeres asturianas [1939-1977]» de 1999 y estudiosos como Jose Ignacio Sendín Menéndez en sus tres libros dedicados al balonmano desmienten profundamente ese relato.
Su padre, Mariano Zapico, no fue diplomático, sino comandante de Artillería y militante destacado de Izquierda Republicana, último gobernador civil de la República en Cádiz antes de ser fusilado por los sublevados en 1936. Estuvo destinado en Marruecos, Menorca, Valladolid y Madrid, viajó a Bélgica y Holanda en misión profesional, pero no a Alemania. Purina cursó el bachillerato en el Instituto Velázquez de Madrid, no estudió en Berlín, y la única estancia documentada en Alemania son unos quince días con la selección española de hockey hierba en el preolímpico de Berlín de 1936.
Tampoco hay base para afirmar que trató directamente con Heiser (murió en 1919 y Zapico nació en 1917), Schelenz o Diem, ni que colaborase en la organización de los Juegos del 36 o de los Mundiales de 1938. Entre otras cosas porque tendría 18 años en los Juegos del 36. En esos años, su realidad era otra: la Guerra Civil, la detención y fusilamiento de su padre, el confinamiento familiar y, muy pronto, la urgencia del exilio.
El reglamento de balonmano que Purina conoció y aplicó no fue una traducción personal desde el alemán, sino el elaborado en 1930 por el profesor José Hermosa para la Escuela Central de Gimnasia de Toledo, base de las competiciones universitarias y federadas en las que jugó en Madrid antes del conflicto. La idea de una Purina “ingeniera” del reglamento internacional responde más al deseo de encontrar una fundadora única que a lo que muestran los archivos.
Este trabajo de desmontar mitos no le resta mérito. Creemos que más bien al contrario. Sitúa su aportación donde realmente fue decisiva: en cómo llevó ese balonmano ya existente a un territorio nuevo, en plena guerra, y cómo lo incrustó en el tejido social de Laviana. Investigaciones recientes en el concejo, que revisan la tradición oral y la contrastan con documentación, van precisamente en esa línea: depurar la leyenda de errores sin despojarla de su fuerza.
Laviana, sesiones en tierra y faldones hasta los tobillos
En 1938, Purina llega a Pola de Laviana como miembro del Auxilio Social. Necesita el pasaporte para poder salir de España. En Laviana vive su abuela paterna, ya viuda. Se quedará unos nueve meses, un paréntesis corto en su biografía, pero fundacional para el balonmano asturiano.
El contexto no puede ser más duro: posguerra inmediata en la zona, escasez material, pocas opciones de ocio para las chicas jóvenes. Y, sin embargo, de ahí sale un laboratorio táctico involuntario. Las sesiones se improvisan en el campo de deportes de Fontoria, junto al frontón, con las porterías del Titánico y un balón de fútbol porque no hay otra cosa. Las jugadoras entrenan después de misa, muchas veces en ayunas o con una sola comida digna en el día. El equipamiento son faldones largos, alpargatas y calcetines que ellas mismas se costean.
Si lo miramos con ojos de entrenadora actual, aquellos entrenos tienen una lógica muy clara. Sin material específico, el foco está en el pase, la orientación corporal y la ocupación racional del espacio. Las primeras tareas son ruedas sencillas de pase y recepción, en círculo, para automatizar gesto y lectura de trayectoria; después, superioridades numéricas amplias, casi como si fueran situaciones de contraataque largo en campo entero, pero con una defensa que aún está aprendiendo a colocarse. En un terreno tan grande, sin cambios reglados y con once jugadoras, la gestión del esfuerzo se convierte en criterio táctico: quién puede presionar, quién debe temporizar, cómo escalonar la línea de balón para no partir el equipo.
Purina adapta al contexto lo que ha vivido en Madrid: conceptos básicos de amplitud, juego a la espalda de la defensa adelantada, importancia de la portera como primera lanzadora. Las lavianesas empiezan siendo un grupo de chicas que “hacen rueda con un balón” (como queda en algún recorte de prensa de la época y acaban organizadas en dos equipos, azules y blancas, cuerpos técnicos espontáneos incluidos, con un pueblo entero pendiente de quién defiende qué color cada domingo.
Voces que sostienen un legado
Quienes vemos el balonmano hoy podemos medir el impacto deportivo de Purina mirando títulos, pero en Laviana se mide también en memoria emocional. Pupilas como Luisa Álvarez recordaban décadas después aquellos años como los más intensos de su vida deportiva: horarios encajados entre obligaciones familiares, viajes largos en ferrocarril para jugar amistosos y una sensación de pertenencia que va más allá del marcador.
Luisa que sería capitana durante más de veinte años del equipo de Laviana y de la selección asturiana, es el enlace perfecto entre la semilla que planta Purina en 1938 y el equipo que se proclama campeón del torneo de la Sección Femenina en 1943, 1944 y, ya en balonmano de sala, en 1961.
Los recuerdos de quienes la conocieron hablan de una entrenadora cercana, más seductora que autoritaria, que consigue que cuarenta chicas de un concejo minero, con muy poco que comer, inviertan horas en aprender un deporte nuevo y técnicamente exigente. Esa es quizá la mejor definición de liderazgo deportivo: lograr que un vestuario se complique la vida con gusto.
Años después, cuando el Ayuntamiento de Laviana homenajea a aquellas pioneras y les entrega medallas, una de ellas cruza el océano para llegar a Caracas. Purina, ya mayor, la enseña orgullosa a quien pasa por su casa. El reconocimiento local se convierte en un hilo tangible que conecta el Fontoria de tierra con la diáspora venezolana.
Del balón a mano al exilio y vuelta simbólica
A principios de 1939, con la guerra civil española decidida a favor de los golpistas, Purina abandona España. Se casa en París con Antonio Stuyck, republicano, y poco después el matrimonio se instala en Londres. Allí, mientras Europa se adentra en otra guerra, su día a día se aleja de las porterías de Laviana pero no del cuidado y la organización: ayuda a niñas y niños vascos, asturianos y catalanes evacuados, colabora con redes de apoyo a las familias republicanas y llega a trabajar como traductora para la BBC, aprovechando su dominio de idiomas.
El clima británico castiga la salud de Antonio y en 1947 la familia se traslada a Caracas. Purina trabaja más de una década para una naviera y, después, durante quince años enseña inglés en un colegio para niñas invidentes. Muchas de sus alumnas consiguen formarse profesionalmente; ella vive esa evolución con el mismo orgullo con el que hablaba de sus jugadoras de Laviana.
En los años cincuenta todavía se reserva espacio para la aventura. Junto a una amiga británica realiza dos expediciones al Amazonas siguiendo la ruta de Humboldt. Ya no corre por el área de diez metros, pero sigue siendo una mujer de movimiento: practica tenis y golf hasta una edad avanzada, y mantiene una relación de afecto doble, con España y con Venezuela, que solo se resuelve con la muerte de Franco y sus primeras visitas de regreso.
Mientras tanto, en Asturias, el equipo femenino de Pola de Laviana se asienta como referencia absoluta: podio en España en 1942 y títulos nacionales en 1943, 1944 y 1961. En plena posguerra, esas jugadoras demuestran que el balonmano femenino puede llenar campos con dos mil personas en la grada (como aquel partido en Llaranes en los años 60) y construir identidad colectiva en un país sometido a la lógica del silencio.
Qué nos dice hoy Purina a las entrenadoras
Mirar la trayectoria de Purina Zapico con lupa técnica y biográfica no es una manía de historiadoras. Obviamente es una herramienta para las que entrenamos y jugamos ahora. Su historia recuerda que el balonmano femenino español no nace en un despacho ni en una federación, sino en patios escolares y campos de tierra, sostenido por mujeres que compaginan estudios, guerra, cuidados y deporte sin focos ni estructuras profesionales.
También nos enseña algo sobre cómo construimos referentes. Durante años se le atribuyeron hazañas inverificables que la alejaban de la realidad y, paradójicamente, la hacían menos útil como ejemplo. Cuando aceptamos que no tradujo reglamentos en Berlín ni diseñó Mundiales, sino que aplicó con rigor el reglamento de Hermosa y lo adaptó a un concejo minero en guerra, su figura se vuelve más cercana y, sobre todo, más poderosa.
Cada vez que en Asturias se organiza una jornada de promoción del balonmano en la Pola, con niñas lanzando en una avenida que se llena de porterías portátiles, se está dialogando con ese 1938 en el que unas cuantas chavales aprendieron a pasar y recibir con faldones y alpargatas. No se trata de levantar estatuas imposibles, sino de entender que muchas de las claves tácticas y humanas que valoramos hoy ya estaban, de forma embrionaria, en aquel grupo que entrenaba después de misa.
Quizá esa sea la mejor herencia de Purina: un recordatorio de que el balonmano que soñamos para nuestras jugadoras se construye, sobre todo, en esos ratos invisibles de entrenamiento y cuidado, mucho antes de que llegue el pabellón lleno o la foto de campeonas.
Nota: este artículo se publicó tras la muerte de María Iácome. Quedó en borradores y lo sacamos ahora para gusto y disfrute de todos.
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